Soledad Marrero

Soledad Marrero

Mis amígdalas grandes y porosas y yo fingimos saber hacer cosas desde 1997 donde arrancamos con nacer en Montevideo. Ahora nos tocó Ingeniería Química y esto. Nos gusta el art3 y andamos por un pueblito de Canelones.

Editado: 11/7/2016

 

Pellejo

Se electrifica este mi cuero cabelludo
con el fuego estridente
que discurre entre tus piernas

se desliza la furia
degusta con tus nuevos colmillos
la pseudo-añeja epidermis
porque ni tanto tejido alcanza
para cubrir a la bestia

se agita la herida
y espero sea mentira
¡que al primer corte se le puede a uno salir las tripas!

abrazame el vientre
cuidado no desgarres
con tus manos filosas, enmarañadas
sarpullidas de miedo y querer

ya no acepto calumnias
espero la espontánea sutura
el deseo corrompe
mejor intoxicame, turbame el alma
que no quiero quedar otra vez
a mitad de un estornudo

 

Andá

andá a saber por qué
por qué será que
la lluvia escupe
por qué será que
el viento masca el aire, mi pelo
el gallo grita
y el sol estampa, rojizo indeleble
la noche es tácita, oscura y lóbrega
la naranja ardiente, suplicando mancha
la flor ajada, cruje y llora

y por qué tus dientes hieren
mientras mis ojos abren

 

Denuncia

no supiste avisarme
que aquella era la hora
que era momento
de escapar
y entonces me quedé
sentada
en el techo
esperando
que papá noel exista
pero no volviste
ni en las horas en par
ni en los años bisiestos
y en este oscuro cuarto
mis manos
no hacen más
que exprimir minutos
porque el rocío ya no cae
en los palacios
que ahora llevan tu nombre
por el aire el fuego escapa
mientras
edificios estrangulan mis estrellas
las que me dejaste
qué lastima
no supiste avisar
qué podía ser sin vos

Marcel Machado

Marcel Machado

“Fui ideado en el norte y nací en el Uruguay de 1996, pero cuando leí Filosofía de la liberación me tramé desde 1876. Estoy falseando a Virgilio en el borde de un jardín y haciéndome matar por las lanzas de Turno entre las sombras del Lacio”.

Fecha de editado: 28/6/2016

Ratatösk

 “Fuerza o principio impar y asimétrico que rige desde la superficie del fresno Yggdrasil”.

Imaginemos colores que avivan una mascarada infinita. Imaginemos dementes, eunucos y meretrices viejas, todos zapateando torpemente bajo la luna boba. Los juglares locos rasgando las cuerdas ásperas del laúd y del tiempo. Faltos del bien de la lógica y sin caras, ¿puede Él predecir el bailoteo de estos bárbaros?

Toda vida finita es la partida del ajedrez librado entre Él y los hombres. La mente convierte cada pieza etérea en peón, también torna cada movimiento tan evidente como la sucesión de sus siete días. Frente a Su Omnisciencia –pues Él hizo carne del verbo, y pensó el conocimiento, y Su voluntad es absoluta –, sólo son dignos de un redentor los movimientos azarosos.

El pensamiento y la mente son el yugo y el corral de Dios. Cada acción fundada en la razón converge en la extensión de Su psique, de la que se diverge el cosmos. Toda reflexión es la sierva de Dios. Esta es una de las contadas verdades que ella aceptó desde un principio.

Por ende, se advierte como el resultado de lo fortuito y lo impredecible. Baladí es desear entender cómo trama su rapsódica mente. La arbitraria mano del azar que trasciende a los dioses, al decrépito tiempo y al espacio adyacente es su única guía. Camina ciega bajo la sombra perenne porque la luz es Su ojo.

Vencer. Reinar sin ser reina. Desaparecer. El sueño de un mundo de cuadrados blancos y negros en el que las torres, los caballos, los alfiles y la dulce reina duermen. Ella y Dios son los únicos reyes que se erigen sobre el tablero y sus laberintos.

 

Los adversarios

 ¿Qué exégesis puede,
cifrar tu osamenta y la mía?
De Dios es el anatema que debe,
dejar una muda vacía.

Se duplican los miasmas,
de esta ficción que es el otro.
De los suyos, acalias
de tu zenith, ya roto.

Su nadir es el eje
De esta feral simetría.
¿Qué voz teje este sueño,
de siglos y esfera roída?

 

Dafne Roja

“Bailoteemos bajo el Rey desplomado alrededor de este gris estéril. Vals colorido, ennegreciendo los luceros y arrancándoles sus vibrantes colores. Obsequio a los restos de la Creadora”.

Érase una vez un ideal y no un hombre. O talvez sí había sido hombre alguna vez, mas no uno terminado, pues su nacimiento significó la pira de un mundo brillante. Tal ideal brotó de entre las flores pintadas de diciembre y anheló la cálida primavera de abril.

Detrás de su silueta se dibujaba una estela de pliegues blancos, orquídeas derramadas en el perfil de la luna. Yermas, destinadas a morir. Y así se habría diluido en el tiempo si la Segadora Roja no hubiese regado sus mortecinos pétalos.

La conoció y se embriagó de ella, aprisionándose en sus tejidos de carmín; la euforia  hizo del ideal un hombre. La orquídea y el clavel se fundieron y de ellos brotaron las ficticias gerberas, girasoles, hortensias, azulejos, violas, orquídeas negras, y por último, las rosas. Él sintió consuelo, pues ya no debía marchar por un infinito sin flores.

Eloísa Avoletta

Eloísa Avoletta

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Soy Eloísa, aunque estoy casi segura de que no soy yo la que escribe. Una canción que escuché una vez, mis amigos y la señora que vendía caramelos en la puerta de la escuela 166 seguro tienen más que ver en todo esto. Empecé a querer nacer el 6 de noviembre del 1995, mientras había sequía en Montevideo y jugaba Peñarol.

Fecha de edición: 13/6/16

Sismo

Me tumbo
Ante lo que nunca podré decir
Absorta de que aún exista sal en este cuerpo maltratado
¿A que no sabíamos nombrar aquella roca hace cien mil años?
Y ella era roca en cada fibra pétrea
Se dijo roca hasta que alguien la escuchó y le dijo “roca”
Hasta que el mar silencioso fue desmoronando su entereza y la volvió arena
Como ella me desarmo
Me tumbo
En la tierra
Tan quieta
Tan emergente
Tan de todos
los colores
Que me siento
Y soy
Paisaje latiendo
Sumergido en sus ecos propios
en todos los ecos nuestros

Barro

El ritmo jabonoso de los puños de una abuela resfregándose contra la pileta. Estrujando y estirando telas mojadas, aireándolas, volviéndolas a embadurnar, abriendo y cerrando la canilla del porche que da al patio. La abuela se moja las manos, percute contra lo percudido, llenando el aire de una pasta burbujeante y cíclica. Mi abuela se arruga al sol, en medio de la tarde de las chicharras alarmadas. Deja correr un poco el agua y el tiempo.

 

Borborritmia

Al final
Sos un espejo
Todo
el otro
Es superficie pulida
donde verter los caldos
de nuestras entrañas
Nuestras entrañas
se parecen tanto
Al final

Agustín Torres

Agustín Torres

“Dicen que nací en Montevideo en 1996, pero a veces me siento más viejo. Estudio Psicología. Me gustan los gatos y las incoherencias. Tengo un amigo al que le decimos el Cacerola y se está transformando de a poco en algo así como una religión”

Fecha de edición: 30/5/16

Julio Nº1

No sé Julio, te digo, Erika es un caos.
Pero es el caos más hermoso del que nunca fui parte,
el caos más natural.
Los auriculares,
por poner un ejemplo banal y ridículo,
sin ella no habría música después del nudo.
Y ni te digo el nudo que soy cuando la veo sonreír.
¡Cómo me enreda esa curva Julio!
De ella procede mi vergonzosa relación
con el rojo vivo en mis mejillas
cada vez que estamos cerca,
y su mano
¡Dios nos libre Julio!,
su mano camina desnuda
por las calles aledañas a la mía.

 

Intercambiador

El Otoño quizás
de forma oculta
sea tan sólo
un intercambio de hojas.
Estas viajarían
árbol por árbol
contándose quién sabe
qué secretos
de plaza y esquina,
reviviendo los encuentros
y también
desencuentros
de los que fueron testigos.
O quizás,
quizás se trate de esto último:
de dejarlo ir volando todo
una hoja a la vez
para sobrevivir este invierno
o bien
para dejarse morir en la vereda.

 

Julio Nº3

Yo qué sé Julio
a veces siento
que ya sentí
que ya probé
todo lo que podía
y que la vida va a seguir
como una simple réplica
de los instantes anteriores,
es decir que nada va a volver
-y tampoco sé bien
si quiero que algo vuelva-
a sentirse de forma original.
Un libro,
por poner un ejemplo,
sólo se puede leer,
sólo se puede sentir
de forma verdadera
una única vez.
Lo demás es matar la ilusión
de todos los finales
que nunca llegarían,
lo demás es cerrar el libro,
el más allá de los demases.
Es releer.
¿Y qué seguridad puedo tener
de que todo esto,
es decir la vida,
no es más que una simple relectura?
Quizá
un libro de cuentos.
O quizá
una historia de terror.

Maite Burgueño

Maite Burgueño

Foto

“Aparecí por primera vez en Montevideo una tarde primaveral de 1997. Se podría decir que estudio Psicología. Generalmente sólo me entiendo cuando escribo, pero a veces siento que en realidad no entiendo nada. Mis rulos siempre fueron un problema mediático”.

Fecha de edición: 17/05/2016

1

Te persigo
me exijo
sos cristal frío
yo cemento aturdido

la noche espesa
me hace de casa
me hastío
te hago nunca mío

tallos quebrados
mi pecho de chapa
falta unto mastico
todos mis huesos rotos
todos tus pliegues toscos
te hago antaño y me rasco los años

me escabullo por mis agujeros
líquido filtrado
que me escapo de tus manos
tonto inútil agrio pelo crispado

me ofusco
te busco
siempre, siempre
por caminos que piso pero no existen
por husos horarios que inventa el tiempo payaso

te disloco, te abandono
me hago amorfa, me amoldo
moscas
bzzz…

 

2

Si pudiera salirme
de mis manos
que se enfrían
todos
todos
los inviernos solitarios.
Si pudiera tan solo
no ser mi simple proyección
sino ser el reflejo en mi espejo
romperme la nariz
contarme un chiste
ver una lágrima girar
redondearse
por el tobogán de la mejilla
caer a un cuadrado
de arena de pierna;
mecerme a mí misma en mis brazos.
Si pudiera no clavarme
agujas de reloj a cada rato
y no ahogarme en polifón.
Todo es un pensamiento
en un pensamiento
del pienso en el siento
deseo tedio aliento funesto
Si pudiera
-aunque sea lentamente-
dejar de atarme en mis cuerdas vocales
nadar en todos mis volcanes;
dejar de hablar por un aire estático.
Todo es una proliferación
de huellas gigantescas
que intento seguir pero
siempre me pierdo,
todo
se reduce a esto:
pelo, cuerpo seco, demasía
fluidos soporíferos que emanan
de todas partes.
Si pudiera alejarme
y a la vez ahondarme en mí.
Simplemente…

 

Renacer

Algo me habita el pecho
está en calma
se empapa de verdades y quejas
se agiganta
soy yo
siento que quiebro el esternón
que me salgo agarrando las pieles de los costados
con las manos como garras
me empujo, aparezco
neonata, calva
atemporal, sin nada más
que una risa que se burla de sentimientos absurdos
y mis nuevos pies burdos
salí de mí, y me parezco a mí.

Isabel Retamoso

Isabel Retamoso

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“Nací en Montevideo en 1995. Tengo una familia muy grande y un cuerpo muy chiquito. Estudio Letras y psicoanálisis lacaniano porque puedo. Mi perra se llama Marga”.

Fecha de edición: 2/5/2016

La crisálida

Estaba parada frente al monstruo y sus ojos eran negros y enormes, y su cara lustrosa y redonda. Yo me cubría la cara con las manos temblantes, esperando sentir algún movimiento en el aire que avisara mi muerte. Y me deslicé en un abismo infinito, sedoso, caí en un remolino tibio que me sujetó en su pecho antes de golpear el suelo. Me volví una crisálida enorme y plateada, balanceando tranquila en el fondo del pozo, colgando desde la boca dura y afilada del animal que me contemplaba a lo lejos con sus ojos vacíos y sin reflejo.

Allí estaba cómoda. Mi espalda se ajustaba redondeada contra la seda pegajosa, que se amoldaba a ella y a la curvatura de mi vertebras. El aire de mi respiración se mezclaba con el olor húmedo y dulce de mi hamaca, espeso, y podía ver las gotas de sudor resbalar por sus paredes, perlas inquietas corriendo entre los pliegues y los hilos que me rodeaban.

El pozo no era un pozo, sino un vestíbulo de roca marrón, pulido y silencioso. El eco de mis gemidos y de mi respiración era lo único que se escuchaba.

Y allí colgué, acunada por mi bestia, mi salvadora, en el silencio profundo de una noche eterna.

Pero cuando desperté volví a caminar por la geografía accidentada y montañosa de Rivera, esquivando las baldosas flojas y amarillentas recubiertas de una capa espesa de pegote de basura. Y sentí el sol espeso reventarme en la tapa de la cabeza, quemarme los hombros, mientras que mi pelo se llenaba de olor a ómnibus y milanesas con papas fritas.

No estaba dispuesta a dejar que la realidad me golpeara, pero permití que se internara en mis fosas nasales de a poco, y olía a fruta vieja, sudor y plástico derretido. Con mis ojos abiertos pero velados detrás de los lentes sucios, me deslicé entre las personas, más concentradas que yo en la vida pero menos conscientes de la forma en que movían sus dedos sobre el jean o cómo apretaban los dientes cada vez que un desconocido se les acercaba demasiado.

Mis pies avanzaban solo porque siempre lo hacían, pero mis omóplatos trataban de escapar, forzaban y presionaban mi piel para volver a la crisálida. La tela áspera de mi musculosa heredada no era tan suave como la seda de plata que habían sentido debajo de sus cuerpos duros.

Y caminé. Y choqué mis hombros contra los de la gente y me dejé llevar por ese cardumen inmenso y húmedo. Confundí mis lágrimas con sudor ajeno y vestí la ropa de los otros. Y bailé en el incesante contorneo de culos viejos y caderas almacenadoras de fetos muertos. Fui princesa y lumpen en los brazos carnosos de las señoras insatisfechas con el gobierno. Volví a la vida y fallecí frente a taxis enojados y motoqueros ruidosos. Y mi sangre tuvo color y gusto a Rivera a las cinco de la tarde, porque yo era Rivera a las cinco de la tarde, y él fue Rivera a las cinco de la tarde, y su hermana y su ex novia fueron Rivera a las cinco de la tarde, y mis amigos y mis maestros fueron Rivera a las cinco de la tarde.

Y cuando volví a caer en el pozo, quebré mi nuca con violencia contra la piedra oscura, y sentí el temblor de mi sangre coagulada retumbar contra las paredes de mi noche eterna.

Violeta

Polvo sobre el borde de los cajones hace años cerrados, contenedores de silencio y recuerdos de infancia.

Polvo sobre mis libros, limpiados obsesivamente cada mes, polvo sobre las cajas de remedios que me niego a tomar.

Polvo en el marco de la ventana y en las muñecas rotas, polvo entremezclado entre los pelos de lana- pero sobre todo, polvo en mis ojos cansados, polvo entrando por la comisura de mis labios y apilándose sobre mi lengua, polvo en mis medias rotas y arrastrándose travieso bajo las uñas gruesas de mis pies.

Hace días que duermo con la ventana abierta, esperando que me abrace algún fantasma en la noche de puertas crujientes de mi casa. Duermo con la ventana abierta, la cama deshecha, el acolchado alérgico contra mis piernas y mi panza hinchada, y los ojos abiertos, acumulando arena que se prende fuego apenas el sol empieza a aparecer reflejado en mi placard.

Pasan las horas y yo con la cara debajo de la almohada, el cuello torcido, la rabia trepando desde la punta de mis dedos hasta lo más profundo de mis narinas, sacudiendo una pierna, contando minuciosamente la ansiedad de su movimiento rítmico y mecánico, maniático.

Y se acalambra el pensamiento en una realidad inventada, en obsesiva repetición de una conversación inexistente, entre un beso fuerte, doloroso y desconocido. Y empezar a contar, una y otra vez, los números que pasan volando y que se desarman en figuras plastilínicas y deformes, y también en ellas, en voces.

Ya las puedo definir. Están las pequeñas, amarillentas y difusas, que se arremeten entre sí en pensamientos absurdos, en el límite con el inconsciente. Aparecen y me alegran, porque traen consigo el sopor, la pérdida total de esa realidad momentánea, giran una sobre la otra en haces de luz difusos, son esferas o aros o lo que sea, se besan entre sí, se arremolinan y se desprenden en la oscuridad absoluta del sueño profundo.

Pero después está la otra, que es violeta, gruesa, pesada, camina sobre el resto con su bastón de hierro y destroza las risas incoherentes de mis princesas amorosas. Ella está siempre, todas las horas del día, es ácida, es mala, toma los pedazos de carne que encuentra de mi cerebro y los desgarra. Recuerda esas cosas que pensé haber oculto, recuerda los golpes de puño, los cachetazos rápidos, el odio, el verdadero odio y la verdadera vergüenza. Me vuelve impura. Y en el recorrido de mis ojos por espaldas dormidas y de mis dedos por las curvaturas ajenas, violeta es el haz sucio que deja ella, aprieta mis recuerdos con su mano gruesa, exprime la felicidad y riega con ella yuyos que arrancará con los dientes.

Noviembre

La depresión se metió por abajo de mis sábanas, me acarició primero las piernas en forma del cansancio más absoluto y apoyó luego su cabeza amarilla en el centro de mi pecho. La depresión se presentó así, más clara de lo que esperaba; voluptuosa, me agotaba, se tragaba el aliento de mi boca y me lo volvía a escupir en la cara. La depresión me pegó y me dejó ojeras largas y violetas, la depresión se tragó mi comida y la vomitó.

La depresión me convenció de que necesitaba chocolate a las siete y media de la noche y tres cafés para poder sentir algo. Algo. Cualquier cosa.

Noviembre empezó con ella acariciándome los dedos de la mano derecha, rozándome una y otra vez la ampolla marrón que el pucho de una desconocida me había tatuado en el dedo anular.

Noviembre rompió la ventana de mi cuarto y sin avisar llenó todo de su aire caliente y de olor a húmedo.

Hacia un año, había conocido a José.

José no era de ninguna relevancia, pero José era noches enteras tomando vino de caja en vasos de Requesón y aprendiendo a armar tabacos con una sola mano, José era el fanático de la guitarra y la panza al aire y el olor a sudor incrustado en el pelo hirsuto y marrón; José era las casas viejas de Millán con olor a pucho y ventanas inmensas por donde me asomaba desnuda con la fantasía de que me viera a contraluz. José era el calor de noviembre revolviéndome el pelo mientras avanzaba pedaleando a contramano por Fernández Crespo, asado en la puerta de una casa diminuta; José era la totalidad del cariño representado en un beso discreto en la mitad de la calle.

Durante el año, me había olvidado de los ocho meses blasfemos de José en la esquina de mi casa, pero ahora que el verano se acercaba sigiloso, José volvía a aparecer.

Era ruido. Era música constante, acento de Durazno, voz de niño rota por noches largas. Hablaba de su adolescencia, de sus amigos y sus tardes, y las drogas y las vueltas en moto alrededor de la plaza. Hablaba de las cosas que rompía, hablaba de su novia, de su intento de suicidio, del dolor sin nunca decir me duele. De explotar, de explotar mil veces, de llorar sin que nadie lo viera, José hablaba de eso. De entrar un día a la casa de su hermano y encontrárselo bañado en vómito y en sudor, con el apartamento destrozado y los puños llenos de sangre.

Fue noviembre, aire caliente y puchos en cuartos de ventanas grandes, ollas de comida y vino tibio tirado en el piso.

Rodrigo Lima

Rodrigo Lima

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“Montevideo me hizo llorar por primera vez en el ’97, pero yo creo que tengo bastantes años más.
Triste por elección.
Podría ser como Elliott Smith pero no me animo, mientras tanto hago de cuenta que soy Ray Loriga aunque nadie lo conozca”.

Fecha de edición: 18/4/2016

Negro aurora

Negro aurora 356. Ojo iluminado profundo y blanco.

Carré está cerca de Venecia, cerca pero lejos, el río satelital púrpura del amor verde que mira entre vidrio y que tiene la boca más hermosa que te puedas imaginar.
Es casi como una yaga, pero al revés. Casi como el nombre del caballero que encabeza la cruzada sin yelmo. Casi, casi Italia.

Pero Florencia está anegada, no es ella. Los inviernos están lejanos pero parecen presentes, tanto como tu aura.
Un insulto impaciente, irresponsable y a destiempo golpea mi paladar. Algo se quiebra, una ilusión ilusionada de la utopía fría de encontrarte.
Encontrarte en una esquina y que me regales tu tiempo para hablar de la forma más idiota que todo el norte haya escuchado jamás y convencerme a mí mismo. Y convencerte a vos también.

El convencimiento es lo que nos aleja de la muerte, ¿no te parece? Me convencieron del convencimiento de querer convencerte, y no es que intente ser del Ártico, sino que quedo congelado cada vez que desmoronás una reserva con una palabra.
El frío entra por los poros de tu sueño helado que apareció un día de tarde, que en realidad era madrugada para vos. Un sueño ultrajado por la mentira que se confunde con consideración.
La tonalidad tuya era propiedad de un marinero impune, de esos que te mostrarían su pulgar sin siquiera conocerte, creyéndose que es un acto amigable o inclusive irónico.
Pasaron días antes de que me blanquearas la situación. Lo hiciste de manera prácticamente azarosa, guiada por el afán de actuar natural. Yo me guardé mi opinión.
No encontré ni al más estúpido de los argumentos para seguir apreciando tu azul acento.
Es angustiante darse cuenta cuando la mente activa ese mecanismo de satisfacción que se alimenta de utopía. Que te desgarra de a pizcas el orgullo sólo por imaginar el momento en el que te levantás con ella yaciendo a tu lado en una cama transatlántica que tiene el poder de acercarte a la vida.
Mi mente y yo sabemos que eso no va a pasar nunca, aunque ella perjure que alguna vez la pueda convencer de que soy alguien más.
Los hielos caen en mi vaso como níveas ideas caen de mi mente. Golpean el fondo. Flotan y giran. Las absorbo de un saque, repetidas veces. Al final de la noche sé que son simples ilusiones y no ideas.
Maldigo por no haberlo hecho mejor, pero tampoco quiero enmendar nada.
Me siento próximo a la mesada de la cocina, sigo brindando por los buenos tiempos y sollozo por aquellos que te abrazan siempre.
Vuelvo a la realidad.

 

Montaña Rusa (Limpio)

Veo lápices donde no los hay. Esto es itinerante. Un año, el cartel lo dice.
Subo y vuelvo a bajar. Hago la fila desolada que demora un día, incluso dos o tres para subirme de vuelta. A veces algún distraído intenta subirse también y termina acuchillado y empalado a la pared y yo con la tinta negra de su corazón brotando de mi mano y las chapas cortando las falanges y los pies ardiendo en frío.
Cada vuelta es única, siendo el recorrido el mismo, los giros dispuestos en el mismo lugar, los latidos en el mismo espacio y el aire en la misma temperatura.
Mi reacción es siempre distinta. A veces los ojos en la nuca y de vez en cuando nauseas cuando veo que se aproxima la bajada, aunque siempre el saber que el alivio está próximo me calma.
Odio cuando cierro los ojos, tramos que me pierdo, raíles desbalanceados, horas sin lugar.
Los ojos de gato se abren camino en la noche y los detesto y me detesto por no hacerlo funcionar a veces, por llorar en silencio, por tener que esperar, porque a veces vos veas el fin.
No me voy a aburrir nunca de subirme como un niño, y volver a matar y comer basura por otra vuelta.
Nunca me voy a olvidar de la humedad en la cara, el calor en los huesos, las lágrimas bañando mi cerebro, el frío en las palmas y tu cara despojada de todo artificio gritando lo que siempre necesité escuchar.
Esto no va a cambiar por un tiempo, aunque el año retroceda, aunque el ácido diluya cada fierro, cada tuerca, cada carro.
El brillo no se va a terminar nunca de todas formas ya me lo prometí, a cara lavada, escupiendo el piso, contando espinas, mirándote fijo.
Quizás puedo. Porque despojada y cerca del piso, me miraste desde arriba también.

 

Una clase en el lariat

Fue el sol cuando se mezcla con la brisa del mar el que la despertó para encontrarse atada a mi sillón. Sin cintas, ni vendas, ni cuchillos en los pies.
Tu pelo había ya perdido tinte desde la última vez, emergiendo la luz de tu cráneo, y llenando la habitación del color del mar cuando se nubla la vista.
Toda clase se prueba con una expresión, con una mueca de alabanza o de dejo, si no se usufructúa mi alma.
La luna asesinando al sol mientras intento descifrar un idioma que nunca oí, pero que me hace salir de mi caja de vez en cuando.
Cada palabra era una víctima del otro mientras fabulamos rasgos inexistentes, que embellecen mi sentir hacia vos. Eso me alcanza.
Las marcas de la mesa sin subsanar eran las mismas que las que mis ojos llenos de vidrio presentaban a tu cara que, emocionada por la vergüenza, miraba horas apreciando mi mente turbia hace ya un rato.
Solo un vidrio separaba tu arma de la mía, mucho menos dócil y fuerte. El lariat en el medio del cuarto, como la balanza de la tragedia en significación continua y enlazada.
Seguramente sea culpa de mis padres, aunque el psiquiatra que ahora reposa en el placard asumía que era la ciudad.
Soy el primero en aceptar que arrodillarse en cinco días no es más que un acto humillante. Aunque eso me alivie el dolor de espalda.
Pero allí estábamos, en juego de dos, con las cartas de póker rotas hace rato en el piso.
Todos los ángulos en simetría se alineaban a través de tu esfera que se dilata cuando mirás fija mi frente. Cuchillos fuera.
La diferencia es que vos no sabés que no se muere de asfixia, el lariat es mucho más benévolo que eso. El cuello se quiebra y ahí no hay más nada, cosa que a esta altura es mejor.
Mejor aún que eso. No te vas a morir, y yo tampoco. Aunque probablemente nadie salga bien de esta, al menos no del todo, digamos, casi bien. Como siempre no tengo nada que perder, me satisface verte saltar sobre la cama, como la loca que sos.
La posesión y el egoísmo probablemente me animen a patear la silla algún día y revelar mi futuro, llegar al punto B al que me dirigí toda mi existencia, el boleto que ya me gasté por no querer bajarme en otra estación sin ni siquiera haber inspector.
Sabemos bien la razón del diálogo que es lisa y llanamente quien habrá de colgarse en el lariat.
Me animo y lo hago por vos, porque me fascino cada vez que tu lengua toca tu paladar y de ahí, maravillosamente, sale el sonido que siempre esperé escuchar.
Sos mucho más considerada que yo y el lariat queda vacío y yo con el cuello roto y vos enlazada a él.